No todo fue color de rosa, por supuesto. Tuvimos nuestros momentos difíciles, nuestras discusiones, nuestras noches de silencio tenso. Recuerdo una época, cuando los niños tenían 7 y 4 años, en que mis viajes de trabajo se hicieron más frecuentes y largos. Isabel se sentía sola y abrumada, dividida entre su trabajo en la oficina y el cuidado de los niños. Yo me sentía culpable por no estar allí, atrapado entre las demandas de mi carrera y las necesidades de mi familia.
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